La España musulmana y misionera

MIGUEL CHAVARRÍA *

16.03.09  

La pública invitación cursada por el presidente Chávez a los chiíes del Irán para que vayan a propagar su doctrina entre los indios selváticos ha servido para que el haz de luz de las candilejas se dirija sobre el perfil de la república bolivariana. Sin embargo, no conviene olvidar que el esfuerzo más racional y coherente en orden a la captación islamista de los indígenas de América no tiene lugar allí, sino en México, precisamente en su territorio más conflictivo, el de Chiapas duramente trabajado hasta hace poco por los corifeos de la teología de la liberación y por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional. En esta operación, los musulmanes españoles desempeñan, como se verá, un papel fundamental.

El año de 2008, un grupo muy reducido de indios tzotziles -también llamados chamulas- peregrinó a La Meca. Culminaba así una labor de proselitismo que se manifestó por primera vez hace poco más de siete años, cuando 300 indios tzotziles de San Juan de Chamula, Chiapas, renegaron públicamente del cristianismo y aceptaron la religión de Mahoma.

El acto en sí impresionó a muchos, pero no a los antropólogos ni a los sociólogos acostumbrados al sincretismo de estos indios que, desde la primera evangelización colonial, han ido desarrollando una práctica religiosa que se reduce a los aspectos puramente culturales del catolicismo en mezcla bizarra con prácticas de magia simpática y con sahumerios de copal a las representaciones en piedra de sus antiguas deidades.

Los antropólogos han encontrado ciertas convergencias superficiales entre el Islam y las tradiciones tzotziles. En efecto, los tzotziles adoran a sus dioses postrándose de hinojos igual que los musulmanes al hacer sus oraciones a Alá. Mantienen también una rígida separación de hombres y mujeres en los actos de culto. Se sientan en el suelo para comer como los beduinos y se valen de la mano derecha para llevarse los alimentos a la boca con la relativa pulcritud que tal costumbre pueda permitir a los comensales.

Pero también existen otras coincidencias de más fuste. Tal sucede con la práctica de la poligamia por parte de los varones y con el sometimiento de la mujer en las diversas etapas de su vida. Y digo sometimiento. Un misionero católico con muchos años de experiencia, me comentaba que muchas mujeres se sentían culpables si no habían sido objeto de lo que cualquier occidental consideraría sin la menor duda como maltrato. «Mi marido no me quiere» es la queja reservada para estos casos. Sucede que el matrimonio occidental no ha logrado penetrar en las costumbres de estos indios, no obstante haberse iniciado desde los días de Fray Bartolomé de las Casas una evangelización que transformó la llamada Tierra de la Guerra en la Tierra de la Vera Paz, nombre que conserva todavía un departamento de la vecina República de Guatemala donde habitan las mismas etnias. La transculturación iniciada por los frailes doctrineros, con ser importante en algunos aspectos concretos -hizo desaparecer el hábito de la guerra y la costumbre de los sacrificios humanos- fue, en otros aspectos, puramente epidérmica.

El problema más importante que han encontrado los misioneros, primero los católicos, después los evangélicos y algunas confesiones protestantes marginales norteamericanas que llegaron en la década de los setenta, ha sido el arraigado hábito de las bebidas fermentadas que dificulta entre estos indios las aspiraciones de elevación espiritual, impide todo conato de mejora de la salud física, diluye en grado extremo la disciplina social, obstaculiza la adquisición de hábitos que capacitan para el trabajo organizado, y constituye, además, una barrera infranqueable para todo empeño de dulcificación de los hábitos domésticos.

Como la abstención de las bebidas alcohólicas pertenece a las exigencias invariantes y cotidianas del islamismo, éste mandamiento ha sido también la muralla más fuerte que ha encontrado el islamismo en su propagación entre los indígenas. Sin embargo, como esta exigencia es acompañada por ventajas palpables como la ayuda médica, las enseñanzas prácticas y la comercialización ventajosa de algunos de sus productos agrícolas o artesanales, la privación de bebidas alcohólicas termina por ser vista como una posibilidad por los indios, lo que a su vez los pone en condiciones de que se les proponga la daŽwa o invitación para sumarse plenamente a la comunidad islámica. Para los conversos se abre así la posibilidad de observar en la práctica las ventajas que conlleva el adquirir el hábito de la abstinencia de alcohol. Las oficinas del Imán están dotadas de panadería, un restaurante y un locutorio que les permite, en un país de telecomunicaciones difíciles y caras, entrar en contacto con predicadores de otros países y regiones. Esta acción va acompañada del trabajo de las madrasas o escuelas coránicas donde se completa la instrucción doctrinal.

Pero lo que aquí interesa destacar es que los Imanes encargados de esta tarea son miembros de Al-Morabitum, una organización iniciada al parecer en Marruecos y trasplantada prontamente a la ciudad de Granada donde tuvo lugar su fundación formal por el islamista escocés Abdel Kader Al-Murabit, en el mundo Ian Dallas, con la mira de emprender para el Islam el rescate del antiguo territorio de Al-Andalus. Hoy en día, este movimiento ha arraigado en España donde ha encontrado su semillero. El Movimiento Morabitum preconiza, de acuerdo con la ley islámica, un comercio sin usura entre musulmanes, un gobierno sin Estado, una sociedad sin subordinados o inferiores y un mercado sin monopolios, todo esto dentro de una visión donde religión y política están integradas en un solo poder como es normal en el Islam.

Desde España, el movimiento Morabitum irradia su influencia a otros lugares. En la región de Chiapas, al Sudoeste de la república mexicana, los Morabitos tienen establecimientos en San Cristóbal de las Casas y en Comitán. El establecimiento de San Cristóbal de las Casas lleva el nombre ¡todo un símbolo! de La Alpujarra, la sierra donde tuvo lugar la última rebelión de los moriscos españoles. En el símbolo se encarna el proyecto.

Aparte de algunas aportaciones locales, el movimiento Morabitum se mantiene con dinero que le llega a través de Malasia procedente de los emiratos árabes y cuyos donantes mantienen el anonimato, salvo uno, el jeque Hamad ben Rachid Al Maktoun, vicegobernador y ministro de Finanzas de Dubai. El jefe del grupo de españoles que han realizado la hazaña de la implantación islámica en México es Aurelio Pérez Iruela, cuyo nombre islámico es Nafia, licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Valencia, que llegó a México en 1995 para ofrecer dinero y armamento al Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

El lugar reservado a los musulmanes españoles en la islamización de los indios americanos ha sido diseñado en paralelo -supongo que intencionado-, tanto con su papel evangelizador en aquél continente, como también de acuerdo al lugar que España, considerada como Al-Andalus, ocupa en el imaginario colectivo que anima a los que sueñan y trabajan por la implantación de un califato universal sin otro derecho ni otra ley que la musulmana En el símbolo se encarna el proyecto. No es este un cuento de las Mil y Una Noches.

*www.maquinaciones.info